Historias de reporteros 3
Shirer, reportero del nazismo
-Vasconcelos, admirador de Hitler
-John Reed acompañó a Villa
Raúl Hernández Moreno
William Shirer llegó a Berlín en 1934 como corresponsal de la cadena de radio inglesa CBS y fue testigo del ascenso del nazismo, a partir de que Adolfo Hitler fue designado canciller de Alemania, el 30 de enero de 1933. Permaneció hasta 1940, cuando la censura nazi, a la que eludió en reiteradas ocasiones, lo obligó a salir del país.
Fruto de esa estadía, es su Diario en Berlín, en el que narra cómo fue creciendo el nazismo y cómo los alemanes estaban de acuerdo con el régimen, convencidos de que con Hitler el país se desarrollaba y estaba destinado a ser una potencia mundial.
Cuando salió de Alemania, para evitar ser detenido por la Gestapo, sacó clandestinamente las notas de su diario, mismo que publicó en 1941. Dos décadas después, dio a conocer su principal obra “Auge y caída del Tercer Reich”, en dos gruesos tomos, del que más adelante se editó una edición especial en gran formato, con abundantes fotografías, en cuatro volúmenes.
Desde la llegada de Hitler, el nazismo creció exponencialmente y aunque nunca fue el partido mayoritario en las elecciones, se apoderó del poder por la fuerza, pero sobre todo porque despertó en los alemanes la esperanza de que con los nazis el país sería una potencia mundial. Alemania había sido devastada en la Primera Guerra Mundial y fue humillada con el tratado de Versalles.
En los primeros seis años del nazismo, el régimen puso en marcha un plan de construcción de autopistas que ayudó a combatir el desempleo, entre otros proyectos de desarrollo, que era de seis millones en 1933 y en seis años se redujo a 300 mil.
Mientras el nazismo crecía, el mundo estaba atónito. La maestra, pedagoga y arqueóloga mexicana Eulalia Guzmán, fue comisionada por la Secretaría de Educación Pública, en 1936 a recorrer bibliotecas y archivos europeos, en busca de documentos históricos mexicanos.
Permaneció en el viejo continente hasta abril de 1940 y vivió temporadas en Italia y Alemania. Esa estadía le permitió ver lo que la mayoría no quería ver.
Fue testigo de la degradación social y la crueldad de nazismo y en 1941 publicó el libro Lo que vi y oí. Cuenta, por ejemplo, que en 1939 fue al cine en Berlín, en el que previó a la presentación de la película, se exhibió un noticiero en el que se daba cuenta de la guerra contra Polonia y se mostraron escenas de ciudades destruidas, judíos maltratados y obligados a trabajos forzados, niños y mujeres azorados al paso del ejército alemán y la respuesta del público a esas imágenes fueron risas y burlas. La degradación moral.
De 1933 a 1939, el mundo lejos de condenar al nazismo lo aplaudió y lo vio como ejemplo a seguir, porque durante los primeros años creció su economía de manera impresionante. En México, el dictador era admirado por muchos.
El editor del periódico El Mundo de Tampico, el ultraconservador Vicente Villasana, viajó en 1939 a Europa y aprovechó para reunirse con el dictador español Francisco Franco, con Adolfo Hitler y su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, a los cuales admiraba.
Hay la leyenda urbana de que se retrató con Hitler y que se jactaba de haber recibido dinero del dictador para mejorar El Mundo.
En 1947, Villasana fue muerto a tiros, en una habitación del hotel Sierra Gorda de Ciudad Victoria, por el jefe de la policía Julio Osuna, para saldar viejas rencillas. Su asesinato provocó la desaparición de poderes de Tamaulipas y se cesó al gobernador, alcaldes, diputados locales.
Osuna terminó entregándose a las autoridades, aceptó el crimen, fue condenado a 20 años de prisión, que cumplió. Luego de recuperar su libertad concedió una amplia entrevista al periodista neolaredense Juan Barrera Gómez que escribió el libro “Yo maté a Villasana”.
Osuna murió de forma trágica en 1974, cuando a bordo de su vehículo intentó ganarle el paso a un tren, pero este lo arrolló con todo y la unidad.
Otro mexicano ilustre que también admiraba a Hitler, era el filósofo José Vasconcelos, que en la década de los cuarenta del siglo 20 aceptó dinero de la embajada de Alemania en México, para fundar la revista Timón, desde donde se mostraba apoyo al nazismo.
Quienes admiran a Vasconcelos, harían bien en leer a Vito Alessio Robles y su libro Mis andanzas con nuestro Ulises. Es posible que terminen odiando a este misógino, ególatra y fantoche personaje que, en 1929, al perder las elecciones presidenciales, lanzó el Plan de Guaymas, en el que convocó a sus seguidores a alzarse en armas, mientras él viajó a San Antonio y anunció en su plan que regresaría tan pronto fuera depuesto el gobierno. Nadie le hizo caso.
El primer número de Timón se publicó el 22 de febrero de 1940. En total se editaron 17 números. En una de las portadas aparece Hitler dando una patada a Inglaterra, sobre el mapa de Europa.
En otra edición aparece un artículo en el que el autor dice que Hitler es la escoba de Dios que barrera todos los males del mundo. El gobierno obligó a la revista a cerrar, antes de que México le declarará la guerra a Alemania, en 1942.
Submarinos nazis hundieron dos buques petroleros mexicanos en aguas del Golfo de México, lo que desató la declaratoria de guerra. Los ataques siguieron y en total se dañaron seis buques.
Como Vasconcelos estaba obsesionado en ser presidente de México ingenuamente creyó que los nazis ganarían la guerra, que serían un imperio mundial y necesitarían aliados y ahí entraría él, aquí en México.
Su simpatía por el nazismo, es una mancha imborrable en la biografía de Vasconcelos.
Tres décadas antes, el estadounidense John Reed, a los 26 años de edad, llegó a México, como enviado de la revista Metropolitan Magazine, para cubrir la guerra civil que se libraba en contra del chacal Victoriano Huerta, que en febrero de 1913 se puso de acuerdo con el embajador de Estados Unidos en México, Henry Lane Wilson, para conspirar, derrocar y asesinar al presidente Francisco I. Madero.
Mientras en el norte, Francisco Villa y Venustiano Carranza combatían al dipsómano general, en el sur lo hacía Emiliano Zapata.
Reed cruzó a tierras mexicanas y se fue a Chihuahua a buscar a Francisco Villa a quien acompañó durante cuatro meses y lo llegó a admirar. También estuvo al lado de Venustiano Carranza, el gigantón presidente que medía 1.98 metros, pero el trato entre ambos siempre fue frío.
Varios años más adelante, Reed viajó a cubrir la revolución rusa y fue testigo del enfrentamiento definitivo de mencheviques y bolcheviques, durante el cual los segundos derrotaron y expulsaron a los primeros, encabezados por Alejandro Kerensky, vencedor de la primera revolución rusa. La segunda, la de Lenin, Trotsky y Stalin, terminó imponiéndose.
Reed escribió el libro Diez días que estremecieron al mundo, sobre el triunfo de la revolución de octubre.
El periodista conoció y convivió con León Trotski, quien terminaría asesinado en México, en agosto de 1940, al recibir un golpe de piolet en la cabeza, que le propinó el estalinista español Ramón Mercader.
Trotsky llegó a México el 9 de enero de 1937, al puerto de Tampico. Vino a México, por gestiones del pintor Diego Rivera que desde noviembre de 1936 inició gestiones ante el presidente Lázaro Cárdenas, para que lo recibiera. A Trotsky no lo querían recibir los países por ser comunista y por ser enemigo de José Stalin. Era, además, un engreído.
En México, al llegar, fue alojado en la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo, ambos militantes del Partido Comunista, más adelante se mudó a otro lugar y ahí otro pintor muralista y comunista, David Alfaro Siqueiros, junto con varios hombres, penetraron a la casa y balearon varias habitaciones en busca de Trotsky y su esposa Natalia Sedova, que milagrosamente resultaron ilesos.
El 17 de octubre de 1920, Reed murió en Rusia y fue enterrado en la fosa común número 5 en la Necrópolis del Muro del Kremlin, es de los poquísimos estadounidenses en estar ahí.
