PT y Verde: el balazo en el pie

Eduardo Pacheco
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EN PERSPECTIVA

PT y Verde: el balazo en el pie

Por: Omar Orlando Guajardo López

En política existe una paradoja muy conocida: el momento en que alguien cree estar actuando para proteger su propia posición y termina dañándola. Es lo que coloquialmente se describe como darse un balazo en el pie. La intención puede ser resistir, ganar tiempo o defender intereses inmediatos, pero el resultado suele ser otro: la herida obliga a caminar distinto, a avanzar con dificultad, a cargar con las consecuencias de una decisión que parecía conveniente en el instante en que se tomó.

Algo parecido ocurrió esta semana en la Cámara de Diputados con la reforma electoral impulsada por la presidenta CLAUDIA SHEINBAUM. Durante días el debate público se llenó de argumentos sobre la defensa de la pluralidad política, la representación de las minorías y el equilibrio del sistema electoral. Pero cuando llegó el momento de la votación, la iniciativa no alcanzó la mayoría constitucional necesaria. El dictamen obtuvo 259 votos a favor y 234 en contra, insuficientes para modificar la Constitución.

Entre quienes votaron en contra estuvieron legisladores del Partido del Trabajo y del Partido Verde Ecologista de México, dos fuerzas políticas que forman parte del bloque que gobierna el país. Su decisión, sumada al rechazo de los partidos de oposición, terminó por frenar una reforma que buscaba modificar aspectos centrales del sistema electoral, particularmente el mecanismo de asignación de los escaños de representación proporcional.

Los argumentos para oponerse a la iniciativa se centraron en la defensa de la pluralidad democrática. Desde esa perspectiva, modificar el sistema de plurinominales podía debilitar la representación de las minorías en el Congreso. Sin embargo, el debate dejó ver una tensión difícil de ignorar: el mismo sistema que se defendía como garante de pluralidad es también el que ha permitido a varias fuerzas políticas mantener su presencia legislativa durante décadas mediante listas definidas por las dirigencias partidistas.

Ahí aparece la paradoja.

Al oponerse a la reforma en nombre de la democracia, los partidos que votaron en contra terminaron colocándose en una posición política incómoda: la de defensores de un sistema que amplios sectores de la opinión pública perciben como un mecanismo que beneficia a las cúpulas partidistas.

Pero el juego político no se limitó a los aliados que votaron en contra ni a la oposición que se alineó como era previsible. También aparecieron pequeñas grietas dentro del propio partido gobernante. Tres diputadas de Morena —ALEJANDRA CHEDRAUI PERALTASANTY MONTEMAYOR CASTILLO y GISELLE YUNUEEN ARELLANO ÁVILA— votaron en contra de la iniciativa presidencial. A ello se sumaron ausencias relevantes dentro de la misma bancada, entre ellas las de OLGA SÁNCHEZ CORDEROMANUEL ESPINO BARRIENTOSJESÚS JIMÉNEZ e IVÁN PEÑA VIDAL.

En reformas constitucionales donde cada voto cuenta para alcanzar la mayoría calificada, las ausencias pesan casi tanto como los votos negativos. No son suficientes para hablar de una ruptura dentro de Morena, pero sí de rasguños en la disciplina legislativa que terminaron contribuyendo al resultado final.

El episodio revela algo más profundo que el simple fracaso de una iniciativa.

El bloque político que gobierna el país comienza a entrar en una nueva etapa. Durante los primeros años de la llamada Cuarta Transformación, la coalición formada por Morena, el PT y el Partido Verde funcionó como una alianza relativamente estable. Sin embargo, conforme se acercan las elecciones intermedias de 2027 y la sucesión presidencial de 2030, cada partido empieza a pensar no sólo en la unidad inmediata, sino también en su propia sobrevivencia política.

Ese tipo de procesos suele producir tensiones dentro de cualquier alianza. Los partidos aliados acompañan el proyecto dominante mientras ese acompañamiento garantiza espacios y estabilidad, pero también comienzan a mover sus propias piezas cuando perciben que el futuro político exigirá competir por posiciones propias.

La reforma electoral terminó convirtiéndose en el escenario donde esas tensiones se hicieron visibles.

El gobierno no logró modificar la Constitución, pero el episodio dejó al descubierto algo más relevante que el resultado legislativo: la relación entre los aliados del movimiento gobernante entra en una fase distinta, una etapa en la que la cooperación política empieza a convivir con la competencia.

En ese contexto, la decisión de votar contra la reforma puede terminar siendo una jugada paradójica. Una decisión tomada para proteger posiciones que, en el terreno de la narrativa pública, termina reforzando exactamente el argumento que los promotores de la reforma querían instalar: que el sistema electoral vigente sigue beneficiando a las estructuras partidistas que dependen de él.

Por eso la metáfora del balazo en el pie resulta tan precisa.

En política no todas las heridas se producen por ataques externos. Algunas nacen de las propias decisiones. Y cuando eso ocurre, el problema no es sólo la herida inicial, sino la forma en que esa herida condiciona los pasos que vendrán después.

Porque quien se dispara en el pie puede seguir caminando.

Pero difícilmente volverá a hacerlo sin cojear.

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