Trabajo de la CNDH deja mucho que desear
-En la práctica, es aliada del gobierno
-No persigue a los peces gordos
-Rosario Piedra: reina del guayabazo
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Raúl Hernández Moreno
Rosario Piedra Ibarra no solo debe renunciar a la presidencia de la Comisión Nacional de Derechos Humanos: está debe desaparecer.
Desde su creación, en 1990, el trabajo de la CNDH deja mucho que desear.
Aunque en teoría, debe proteger a la ciudadanía, en la práctica es aliado y cómplice del gobierno y por eso nunca hemos visto ni veremos, que siente en el banquillo de los acusados, a un presidente de la república -al genocida de Andrés Manuel López Obrador, que dejó un millón de muertos en su sexenio- ni un secretario de la Defensa Nacional o algún gobernador. Lo suyo es ir por peces de cuarto o quinto nivel.
En el sexenio de Vicente Fox, se acusó formalmente al ex presidente Luis Echeverría de genocidio por la matanza de estudiantes el 2 de octubre de 1968 y el halconazo del 11 de junio de 1971, pero en 2009 fue exonerado “por falta de pruebas”. Sin embargo, no fue la CNDH sino una fiscalía especializada la que se encargó de investigarlo y mucho antes de que agotara la investigación, la vox populi sabía que no le harían nada.
Las resoluciones de la CNDH no son vinculantes. Suena ridículo ver que cuando se comprueba que se violaron los derechos humanos de tal o cual persona, se obliga al gobierno a pedir disculpas a los familiares de la víctima, como si eso fuera apabullante, humillante. Se debe castigar a los responsables, con una sanción monetaria o con cárcel.
Mientras la CNDH dependa económicamente del gobierno, sus resultados seguirán siendo muy pobres.
Quizá sea sano que para que sus resoluciones sean vinculantes, alcance el rango de fiscalía adscrita a la Fiscalía General de la República, para que coadyuve con la autoridad a procesar a los violadores de los derechos humanos.
Otra cosa sería que la CNDH fuera autónoma, que dependiera de particulares para su operación. Sus resoluciones no serían vinculantes, pero lograría mayor credibilidad y con el respaldo de la sociedad, podría presionar al gobierno a actuar contra los violentadores de los derechos humanos.
A nadie extraña que ahora que el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU acaba de denunciar que los 132 mil desaparecidos que hay en México, desde 2012 a la fecha, alcanzan el rango de crimen de lesa humanidad, el gobierno mexicano descalificó ese informe y la CNDH se sumó.
Cómo no descalificar al citado Comité, si el gobierno mexicano se inventó desde hace años el cuento de que somos el país más feliz del mundo y por eso ya no necesitamos ir a Walt Disney World.
Desde que Rosario Piedra cobra como presidenta de la CNDH se ha convertido en la reina del guayabazo y cínicamente se promociona en la televisión, con spots donde dice que antes de 2019 no había credibilidad en la Comisión, pero desde que ella está al frente, es ¡la pura sabrosura!
Su mamá, Rosario Ibarra de Piedra, pasó de ser una ama de casa, a una incansable buscadora de su hijo Jesús Piedra Ibarra, luego de que este desapareció en abril de 1975, tras ser detenido por agentes de la Dirección Federal de Seguridad.
Jesús Piedra fue integrante del grupo guerrillero Liga 23 de Septiembre y el 17 de septiembre de 1973 participó en el comando que intentó secuestrar al empresario regiomontano Eugenio Garza Sada, quien murió acribillado durante el fallido operativo.
Doña Rosario siempre aceptó que su hijo actuaba al margen de la ley, que era un delincuente, pero siempre luchó por recuperar el cuerpo de su hijo, de saber con exactitud qué había sido de él. Nunca quedó satisfecha con sus investigaciones.
Por lo visto, a su hija no le importa descubrir qué pasó con su hermano, ese que asaltaba bancos y comercios, ese que quería un gobierno socialista en México, que estaba insatisfecho y harto de la actuación del gobierno, de ese gobierno que ordenó el exterminio de los guerrilleros.
