¿Quién se pasa de lanza?

Eduardo Pacheco
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CONFIDENCIAL
Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.
¿Quién se pasa de lanza?
El gobierno decidió colgar mantas. No para informar, no para orientar, no para educar. Para exhibir.
“Se pasan de lanza”, dicen los mensajes colocados en gasolineras. Y la pregunta inevitable es otra: ¿quién, en realidad, se pasa de lanza?
Porque en un Estado de derecho, la autoridad no ridiculiza. La autoridad regula, verifica y sanciona conforme a la ley.
Pero nunca —o no debería— recurrir al escarnio público como herramienta de gobierno.
Lo que hoy vemos es un espectáculo preocupante: el poder utilizando la burla como instrumento de presión.
Una práctica que, por su naturaleza, rebasa la línea de lo legal y se instala en el terreno del abuso.
Las gasolinas en México operan bajo un esquema de mercado abierto. Sus precios responden a costos internacionales, logística, competencia y una pesada carga fiscal.
No hay un precio único impuesto por el gobierno.
Hay márgenes, sí. Hay diferencias, también. Pero hay, sobre todo, reglas.
Y si alguien las rompe, existe una vía institucional para corregirlo.
Ese es el cauce legal. No la manta. No el señalamiento simplista. No la condena sin procedimiento.
Colocar mensajes que desacreditan a empresarios no es política pública. Es propaganda.
Y peor aún, es una señal de intolerancia hacia quien participa en la actividad económica.
El mismo libre mercado que el Estado permitió, ahora pretende someterlo al juicio popular.
Sin reglas claras. Sin debido proceso. Sin equilibrio.
La historia reciente del país no registra un antecedente similar.
Ningún gobierno había optado por exhibir de esta forma a quienes, le guste o no, forman parte del motor económico nacional.
Pero el problema no se queda en las gasolineras.
La misma lógica ya comenzó a extenderse hacia otro sector igual de sensible: el de las tortillas.
El alimento más básico de millones de mexicanos.
El discurso oficial es que no hay razones para aumentar el precio del kilo. Que el maíz no ha subido, insisten.
Y desde esa premisa, se construye una narrativa de sospecha hacia los productores. Como si el precio de la tortilla dependiera exclusivamente del grano.Como si la realidad económica fuera tan simple.
Pero no lo es. El costo de producción de una tortilla no se explica con una sola variable.
Incluye energía eléctrica, gas, transporte, salarios, mantenimiento de maquinaria, renta de locales y hasta seguridad. Factores que, en su mayoría, sí han registrado incrementos constantes. Y que terminan impactando directamente en el precio final.
Ignorarlo no solo es una omisión técnica. Es una irresponsabilidad política.
Porque entonces el gobierno no solo desinforma. También presiona. También amenaza.
También insinúa que, si los precios suben, vendrá la exhibición pública. La manta. El señalamiento.
La etiqueta de “abusivo”.
Y así, lo que comenzó como una acción contra gasolineras, se convierte en una estrategia de control basada en el descrédito. Una forma de gobernar que sustituye la ley por la presión mediática. Que cambia la regulación por el escarnio. Que prefiere el espectáculo a la solución.
Pero la inflación no se combate así. La inflación no cede ante mantas. Ni ante discursos. Ni ante amagos.
Se combate con disciplina fiscal, con eficiencia en el gasto público, con incentivos a la producción y con condiciones reales de competencia. Se combate fortaleciendo las cadenas productivas. No debilitándolas.
Porque cuando se presiona a quien produce, se termina afectando a quien consume. Esa es la paradoja que el gobierno parece no entender. O peor aún, que decide ignorar.
Porque es más fácil culpar que corregir. Más sencillo señalar que gobernar. Más rentable políticamente exhibir que asumir responsabilidades. Pero el costo de esa estrategia es alto. Se erosiona la confianza. Se inhibe la inversión. Se distorsiona el mercado.
Y se instala una peligrosa normalidad donde el poder público se siente con derecho de señalar, juzgar y condenar sin pasar por la ley. Entonces, la pregunta vuelve a cobrar sentido.
¿Quién se pasa de lanza? ¿El empresario que ajusta precios para sobrevivir? ¿O el gobierno que usa su poder para exhibir y presionar?
La respuesta, aunque incómoda, parece cada vez más evidente. Porque gobernar no es colocar mantas.
Gobernar es garantizar reglas claras. Y hacerlas valer. Sin espectáculo. Sin abuso. Sin revancha. Lo demás, es solo ruido. Y el ruido, por más fuerte que sea, no resuelve nada.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.
roger_rogelio@hotmail.com
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