CONFIDENCIALPor ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.
El miedo también se viraliza
Basta una frase escrita a escondidas en la pared de un baño escolar para encender la alarma en toda una ciudad. Dos palabras bastan. Dos palabras y el miedo corre más rápido que cualquier verdad.
En los últimos días, Tamaulipas ha sido testigo de una inquietante cadena de episodios que, sin necesidad de un solo disparo, han logrado estremecer a comunidades enteras. Amenazas de tiroteos, difundidas en redes sociales o dejadas en mensajes anónimos dentro de planteles, han puesto en vilo a padres de familia, alumnos y autoridades.
Lo ocurrido en Ciudad Victoria, en el colegio Antonio Repiso, es apenas un ejemplo. Un mensaje breve, casi rudimentario, escrito en un baño escolar, fue suficiente para activar protocolos, encender alertas y provocar una reacción inmediata.
La escuela hizo lo que tenía que hacer. Avisó a los padres, reforzó medidas de seguridad, revisó mochilas, inspeccionó lockers y trató de cerrar cualquier resquicio de riesgo.
Pero el daño ya estaba hecho.
Porque más allá de la posibilidad real de un ataque —que en muchos casos ni siquiera existe— lo que sí se instala con rapidez es el miedo. Un miedo que no necesita confirmación para crecer.
Ese mismo patrón se ha repetido en Altamira, en Matamoros y en otras ciudades del país. Cambian los nombres de las escuelas, cambian los rumores, pero el efecto es idéntico: incertidumbre, angustia y desconfianza.
Lo más preocupante no es solo la amenaza en sí, sino la facilidad con la que se multiplica. Hoy, un mensaje puede viajar de un celular a cientos en cuestión de segundos, sin filtros, sin contexto y sin verificación.
Las redes sociales, que deberían servir para informar, se han convertido muchas veces en amplificadores de pánico. Y lo hacen con una eficacia brutal.
No se trata únicamente de quienes generan estos mensajes. También hay una responsabilidad colectiva en quienes los comparten sin detenerse a pensar, sin cuestionar, sin verificar.
El problema no es solo el origen de la mentira, sino la velocidad con la que la adoptamos como verdad.
Así, lo que pudo haber sido una broma de mal gusto, una ocurrencia irresponsable o incluso un acto deliberado de provocar caos, termina convertido en una crisis social.
Y en ese proceso, todos perdemos.
Pierden los alumnos, que acuden a clases con temor. Pierden los padres, que viven con la angustia permanente. Pierden los docentes, que deben asumir tareas de seguridad para las que no están formados.
Y pierden también las autoridades, rebasadas por un fenómeno que no siempre tiene rostro ni origen claro.
Porque ¿cómo se combate algo que puede surgir desde el anonimato y replicarse en cuestión de minutos?
Sin embargo, eso no significa que debamos resignarnos.
Las autoridades tienen la obligación de evolucionar sus mecanismos de respuesta. No basta con reaccionar. Es necesario anticipar, prevenir y, sobre todo, comunicar con claridad.
Se requiere fortalecer protocolos, sí, pero también construir canales de información oficiales que sean rápidos, confiables y capaces de contrarrestar la desinformación en tiempo real.
La seguridad en las escuelas no puede depender únicamente de revisiones físicas. También debe contemplar el entorno digital donde hoy se incuban muchas de estas amenazas.
Pero la otra mitad de la solución está en nosotros.
En la ciudadanía que decide no compartir un mensaje dudoso. En el padre de familia que verifica antes de alarmarse. En el estudiante que entiende que una “broma” puede tener consecuencias reales.
Porque jugar con el miedo no es un juego.
Normalizar estas amenazas, aunque sean falsas, es abrir la puerta a un escenario más peligroso. Es acostumbrarnos a vivir en alerta permanente, a desconfiar de todo, a asumir que lo peor puede ocurrir en cualquier momento.
Y eso, en sí mismo, ya es una forma de violencia.
Una violencia silenciosa, pero profundamente efectiva.
Por eso, este no es solo un llamado a las autoridades. Es también un llamado a la responsabilidad colectiva.
A no convertirnos en cómplices involuntarios del pánico.
A entender que cada mensaje que compartimos tiene un impacto, que cada rumor que replicamos puede escalar más allá de lo que imaginamos.
Hoy, en Tamaulipas, no se ha disparado un arma en estos casos. Pero sí se ha disparado algo igual de peligroso: el miedo social.
Y ese, cuando se desborda, también deja heridas.
La tarea es contenerlo. Entre todos.
Antes de que alguien decida que ya no basta con escribir amenazas… y quiera convertirlas en realidad.
EL RESTO.
LA CONSEJERA.- La designación de Frida Denisse Gómez Puga, como consejera del INE es, sin duda, un orgullo para Tamaulipas.
Es la primera vez que una tamaulipeca tiene un asiento en la instancia electoral federal.
Conocemos a Frida desde hace muchos años. Sabemos de su trayectoria como abogada especializada en el ambito constitucional y particularmente en el electoral. Por eso, aplaudimos su elección como consejera.
Ahora resta esperar que la neolaredense ejerza el cargo con la imparcialidad a que la que está obligada como parte del árbitro electoral. Esperemos que así sea.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.
roger_rogelio@hotmail.com
