Historias de reporteros 17
Maximino y Garrido Canabal
-Dos estilos para tratar a la prensa
-Uno les da todo; el otro los desprecia
-Uno conservador; el otro liberal
Tiempo de opinar
Raúl Hernández Moreno
Tiempo de opinar
Raúl Hernández Moreno
13-junio
A Maximino Ávila Camacho y Tomás Garrido Canabal, los identifica que actuaron como sátrapas en sus respectivos estados. El primero en Puebla, de 1937 a 1941 y el segundo en Tabasco, de 1919 a 1934.
Ambos tuvieron el poder absoluto en sus estados. Controlaron los poderes constitucionales y los poderes fácticos. Ambos estaban por encima del jefe de operaciones militares, que, en esa época, estaba al mismo nivel o más que el gobernador en turno.
Cuando Maximino se hizo cargo de Puebla, el estado era gobernado por caciques regionales que contaban con sus propias guardias blancas y las utilizaban para someter a sus adversarios, incluso matándolos. Maximino, con el apoyo de su hermano, Manuel Ávila Camacho, secretario de Guerra y Marina y del presidente Lázaro Cárdenas, los sometió a todos y les advirtió: “Si en Puebla va haber un bandido, ese soy yo”.
En Tabasco, Garrido aplicó aquella máxima de “El estado soy yo” y lo mismo aplastó a la iglesia católica, cerrando y demoliendo templos, que desterró a directivos petroleros ingleses y sometió a jueces federales, todo con el respaldo de los generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.
Maximino era conservador en su vida pública y Garrido era de izquierda y lo llamaban socialista, aunque él siempre admitió que no leyó ni a Marx, Lenin, Stalin ni Trotsky.
En su trato con la prensa, ambos actuaron de diferente manera.
Maximino corrompió a editores y periodistas, a cambio de que lo ensalzaran y lo apoyaran de manera incondicional. En cambio, Garrido Canabal no era afecto a la prensa y cuando un reportero se acercó a pedirle dinero, a cambio de no criticarlo le dijo: “No pagó para que hablen bien de mí, menos si mi atacan. Pero si usted lo hace, tendré el gusto de personalmente darle una paliza”.
Maximino fue la primera celebridad política de los medios masivos en México, dice el autor Max Paxman. En su momento, pagó publicidad a los medios para promoverse, primero en los de Puebla y luego en los de la capital del país. Fue generoso con los periodistas. Gracias a su apoyo financiero el coronel José García Valseca inició la Cadena de Los Soles. Hasta antes de la muerte de Maximino, había instalado cuatro periódicos y al momento de su cierre, en 1973, eran 37. A otro de sus amigos, Rómulo O´Farril, lo ayudó en la compra de Novedades.
“Toda la prensa mexicana estaba en su nómina”, hace decir el escritor Enrique Serna a Carlos Denegri, en su biografía novelada del que ha sido señalado como el más vil y mejor reportero del siglo XX.
Cuando Maximino toma posesión como gobernador de Puebla, el 1 de febrero de 1937, ordenó filmar un documental sobre tan trascendente hecho histórico y luego ordenó exhibirlo en las salas cinematográficas por todo el Estado. Ya como secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, aparecen dos libritos dedicados a ensalzar su figura: “General de división Maximino Ávila Camacho: el hombre, el militar, el estadista”, de Daniel Blumenkron, publicado en 1943 y “Recorriendo el noreste. La primera visita del titular de Comunicaciones y Obras Públicas, Maximino Ávila Camacho”, del periodista tamaulipeco Luis G. Ulloqui, editado en 1942. Le gustaba el culto a la personalidad, en vida y después de muerto está continúo, por parte de los hombres de su equipo compacto que se mantuvo vigente en Puebla, hasta 1973.
Reportajes y notas informando sobre sus actividades aparecen con mucha frecuencia en la prensa capitalina. La revista Mañana publicó a finales de 1944 un reportaje de 16 páginas destacando el trabajo del secretario de Comunicaciones. “No hay obra sin hombre”, se tituló el reportaje.
Maximino sabe recompensar a los periodistas que le sirven. Le gusta que lo adulen, que lo alaben, que le festejen cualquier gesto, cualquier palabra, que lo vean como el salvador de Puebla y de México. En cambio, es fiero, despiadado, insensible y cruel con quienes no comparten su forma de ser y hacer. Al periodista José Trinidad Mata lo cita a su oficina, lo golpea en la cara con su fuete y al día siguiente aparece muerto en un solar, víctima de tres balazos. Aún no se confirmaba la noticia de su muerte a la familia y Maximino ordena enviarles una corona. Se sabe impune y cuando se desatan los comentarios en el sentido de que él está detrás del crimen pide que la Comisión Permanente del Congreso lo investigue. Obviamente, es exonerado. Para eso es el poder, para conseguir aliados y complicidades. ¿Quién se atreve a enfrentarlo, si Maximino tiene el poder de su lado?
En Tabasco, Garrido Canabal optó por tener su propia prensa, para difundir sus actividades. El 23 de julio de 1924 surgió el periódico Redención, con el subtítulo de Periódico Doctrinario de las Clases Laborantes. Es el órgano de la liga central del Partido Socialista Radical. Es el periódico oficial del Estado y del garridismo. Desde sus páginas se contribuirá a promover y fortalecer las campañas antialcohólicas y la desfanatizadora. Desde ahí se defiende la obra social y política de Tomás Garrido.
Fuera del Estado, en la capital de la república, “El Nacional” fue el único periódico que coreó las alabanzas de “Redención”. Los demás diarios capitalinos, “El Universal”, “El Excélsior”, “La Prensa”, por atreverse a publicar noticias de sus arbitrariedades y violaciones a la ley, fueron calificados de “reaccionarios”.
A lo largo del garridismo surgen muchos periódicos alineados con el gobierno y desde sus páginas promueven a Garrido. Pocas son las voces discordantes, como Tabasco Nuevo, surgido en 1925 en la Ciudad de México, órgano de la Unión de Estudiantes Tabasqueños, que se publica durante dos años y cuando un ejemplar llega a Tabasco, “lo arrebatan a escondidas”. Fue la única voz que no pudo ahogar Garrido; voz que inútilmente sonaba a protesta y acusación ante los sordos oídos de los poderes federales, sostenedores de su cómplice de Tabasco; pero una voz que quedará para siempre sonando a maldición en el libro de la historia de nuestro desventurado Estado y aún de toda la nación., dice el historiador Francisco J. Santamaría.
En Tabasco surgen semanarios como Cristo Rei, La Vanguardia, La Verdad, El Eco de la Chontalpa, que se suman a la campaña desfanatizadora.
Con el arranque de la campaña desfanatizadora, los periodistas se pusieron a tono. Se convirtieron en anticlericales. “Somos garridistas, se dijeron, Garrido manda y Garrido es anticlerical y clerófobo”.
Sí Garrido controlaba la prensa en Tabasco, fuera del Estado tuvo mala prensa. La prensa capitalina le hace fuertes críticas. En 1926, cuando lanza su candidatura para el Senado, inició “una furiosa campaña de prensa, por parte de los diarios de capital de la república, se desató en contra de don Tomás. Menudearon en su contra acusaciones de asalto, robos, invasiones de domicilio y violaciones de numerosas mujeres, y hasta inventaron historias horripilantes como aquella de que Garrido y los garridistas eran autores del asesinato de rivales políticos, cuyos cuerpos, metidos en costales, eran arrojados al río Grijalva”.
A Garrido no le gusta que lo critiquen y cuando se convierte en secretario de Agricultura y Fomento decide no tener tratos con reporteros y se niega a atender a la prensa, convencido de que de todos modos lo iban a criticar.
En agosto de 1930, la agencia noticiosa United Press hizo circular una nota donde informaba de la muerte de Garrido, ocurrida presuntamente durante un enfrentamiento entre agraristas y federales. La falsa noticia circuló en la Ciudad de México y los políticos empezaron a enviar el pésame entre apesadumbrados y felices.
Adalberto Tejeda, gobernador de Veracruz, optó por solicitar información de primera mano y se puso en contacto con el gobernador Ausencio Cruz quien le hizo ver que se trataba de una broma pesada de “los enemigos del movimiento revolucionario que encabeza en Tabasco el licenciado Tomás Garrido”.
No solo le inventaron ese tipo de noticias, también le atribuían muertes inexistentes, como la del periodista José Suárez Narváez, corresponsal del periódico La Prensa, medio de comunicación que al referirse al tabasqueño lo llamaba “sátrapa” y el 12 de junio de 1931 publicó que su reportero había sido asesinado: “según decir de unos pasajeros llegados al puerto de Veracruz”.
El periodista era crítico con el gobierno garridista y entre otras cosas había denunciado una matanza colectiva de campesinos en el pueblo de San Carlos, en el Municipio de Macuspana.
Dos días después, Suárez Narváez apareció en Tenosique para agradecer al presidente Pascual Ortiz Rubio por haberle salvado la vida y es que Garrido lo había deportado a Guatemala, tal y como lo había hecho con otros personajes como el inglés Rothschild.
Era “indiferente a la crítica, que siempre consideró infecunda y femenina”.
Era verdad. A Garrido no le afectaba el hecho de que la prensa capitalina lo denostaba. Las críticas, por más terribles que fueran, incluyendo las denuncias de crímenes, no tenían repercusiones en su gobierno. El gobierno federal nunca le hizo un llamado de atención, no le puso límites. Lo dejó gobernar Tabasco como si fuese de su propiedad. Sus adversarios, como la iglesia, la prensa y los políticos, podían decir lo que quisieran de él, que en nada afectaba a su administración. No había ningún foro desde el cual se le pudiera vulnerar. Él lo sabía, y por eso hacía lo que quería, sin importarle las críticas, por más terribles que fueran.
