Las Tejedoras de Olga y la otra mitad de Tamaulipas
La agenda de las mujeres no debería convertirse en un trampolín político. Quien aspire a gobernar Tamaulipas tiene la obligación de demostrar resultados, rendir cuentas y construir un proyecto que represente a toda la sociedad, no sólo a una parte de ella.
Martín Díaz | Periodismo con Firma
Mientras la senadora Olga Sosa recorre el estado promoviendo la Red de “Tejedoras de la Patria”, el mensaje que acompaña cada encuentro es el mismo: “Es tiempo de mujeres”, “La Presidenta no llegó sola, llegamos todas”. La estrategia tiene una obvia lógica electoral: fortalece una estructura, moviliza una base y conecta con la narrativa nacional de Morena. El problema de fondo aparece cuando una causa tan noble y necesaria como la igualdad de género es abaratada y reducida a un simple trampolín político personal.
Es necesario precisar el término: bajo el cobijo de las “Tejedoras de la Patria” —esa estructura nacional de Morena disfrazada de red social para el empoderamiento femenino—, la senadora ha encontrado la perfecta cobertura para justificar asambleas informativas que, en el fondo, son puros actos de posicionamiento electoral. El problema de fondo aparece cuando una causa tan noble y necesaria como la igualdad de género es abaratada y reducida a un simple trampolín político personal.
Quien aspira a gobernar Tamaulipas no puede conformarse con hablarles únicamente a quienes ya están convencidos. La gubernatura no se gana sólo con una estructura política; exige convencer también a quienes piensan distinto, enfrentan otros problemas o simplemente esperan respuestas que vayan más allá de un guion de campaña.
Nadie con un mínimo de sensatez cuestiona el derecho de las mujeres a organizarse ni la urgencia de corregir décadas de desigualdad histórica. Esa discusión está superada. Lo que sí es cuestionable —y éticamente reprochable— es lucrar políticamente con las demandas legítimas de las mujeres para disfrazar una ambición de poder rumbo a la gubernatura.
La pregunta relevante es otra: ¿Puede construirse un proyecto serio para gobernar Tamaulipas hablándole casi exclusivamente a un solo segmento de la población y usando la agenda de género como escudo para evadir la rendición de cuentas?
No basta con repetir —quizá sin comprender del todo— el libreto dictado desde el centro del país. Quien aspire a gobernar este estado tiene la obligación de bajarse del pedestal de la narrativa oficial y tocar la realidad que viven diariamente millones de tamaulipecos. La igualdad sustantiva no se alcanza con autofotos en redes sociales, aplausos patrocinados ni consignas de ocasión; se logra con resultados concretos.
Qué distinto sería el impacto de esos encuentros si, en lugar de convertir a las mujeres en escenografía de una aspiración personal, la senadora dedicara ese tiempo a rendir cuentas claras: qué iniciativas de peso ha impulsado desde el Senado, qué beneficios tangibles han llegado a Tamaulipas gracias a su gestión y cómo pretende resolver las crisis que asfixian a la entidad. Pero es más cómodo el aplauso controlado que el debate abierto de los resultados.
Una vez terminadas las reuniones, las mujeres regresan a la realidad de todos los días. Ahí siguen las madres que buscan atención médica sin encontrarla, las trabajadoras con empleos mal remunerados, las víctimas de violencia que esperan justicia y las familias que hacen rendir un ingreso cada vez más insuficiente. El discurso de “es tiempo de mujeres” difícilmente cambiará esa realidad si no viene acompañado de políticas públicas eficaces y resultados que puedan sentirse en la vida cotidiana.
Pero además, esa misma realidad golpea con la misma fuerza al resto de la sociedad tamaulipeca. El productor agrícola que ve morir su patrimonio por el abandono del campo, el comerciante ahogado por la inseguridad en las carreteras y las familias enteras que padecen la peor crisis del agua en la historia del estado también esperan respuestas. Para ellos, la retórica del género no llena la mesa ni devuelve la paz.
Las urnas tampoco distinguen género. El productor, el obrero, el profesionista, la madre de familia y el joven que busca empleo depositan exactamente la misma boleta y su voto pesa lo mismo.
Morena prometió hacer política de manera distinta y desterrar las viejas prácticas del pasado. Por eso hoy la exigencia debe ser el doble de dura: menos simulación, menos uso oportunista de las causas sociales y más resultados. Utilizar la legítima lucha de las mujeres como una franquicia electoral para beneficio propio no es transformación; es la misma vieja política de siempre, pero ahora con traje color guinda.
Una aspirante a gobernadora no puede darse el lujo de construir un proyecto político ignorando o excluyendo a la otra mitad de Tamaulipas. Porque la otra mitad del estado también observa, también padece y, sobre todo, también vota.
Ahí están los hechos que cada quién saque sus conclusiones.
