Ahora resulta…

Eduardo Pacheco
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CONFIDENCIAL
ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA

 
Ahora resulta…
El secretario de Desarrollo Energético, Walter Julián Ángel Jiménez, acaba de soltar una declaración que hizo levantar la ceja a más de uno: reprochó que muchos ciudadanos se quejen primero en las redes sociales por los apagones antes de reportarlos directamente ante la Comisión Federal de Electricidad.
Dicho de otra manera, a don Walter parece incomodarle que la gente utilice Facebook para hacer público su enojo cuando se queda sin energía eléctrica. Su recomendación es que primero marquen al 071 y después, si quieren, hagan ruido en las redes. Hasta ahí podría parecer razonable.
El problema es que su planteamiento parte de una realidad que no necesariamente corresponde con lo que viven los usuarios. Porque, por supuesto, cuando se va la luz en una casa, negocio o colonia, lo primero que hace la mayoría es buscar la manera de reportarlo a la CFE. Nadie supone que una publicación en Facebook va a reparar un transformador.
Otra cosa es que, después de llamar una, dos o tres veces, y de esperar horas sin obtener respuesta, la gente termine recurriendo a las redes sociales para denunciar públicamente lo que está padeciendo. Y eso, lejos de ser censurable, resulta perfectamente comprensible.
No, don Walter. El problema no es que los ciudadanos se quejen primero, después o al mismo tiempo en Facebook. El problema es que los apagones se han vuelto recurrentes y que la capacidad de respuesta de la CFE, en demasiadas ocasiones, simplemente no corresponde con la urgencia de quienes se quedan sin electricidad.
La semana pasada, por ejemplo, un amplio sector del norte de Ciudad Victoria permaneció casi ocho horas sin energía eléctrica. ¡Ocho horas! ¿Durante todo ese tiempo la CFE necesitaba una publicación en Facebook para darse cuenta de que miles de usuarios estaban a oscuras?
Lo que ocurre en realidad es que la paraestatal está rebasada en distintos puntos de su operación. La infraestructura eléctrica tiene años acumulando rezagos, mientras la demanda crece, las ciudades se expanden, aparecen nuevos fraccionamientos, comercios e industrias y cada verano el consumo se dispara por las altas temperaturas.
A eso hay que agregar transformadores saturados, líneas que requieren mantenimiento y una capacidad operativa que muchas veces resulta insuficiente para atender simultáneamente las fallas. El resultado lo conocen muy bien los ciudadanos: apagones, variaciones de voltaje y largas horas esperando que llegue una cuadrilla.
Hay incluso usuarios que han tenido que esperar semanas o meses para la instalación de nuevos servicios por la falta de medidores de 220 volts. Personas que ya hicieron su contrato, pagaron lo correspondiente y, aun así, continúan esperando que la Comisión tenga disponible el equipo necesario para conectarlos.
Por eso resulta cómodo voltear hacia las redes sociales y señalar que los ciudadanos no siguen el conducto correcto. Mucho más difícil sería reconocer que detrás de cada queja publicada existe, generalmente, una falla real y un usuario que ya está cansado de recibir explicaciones mientras su refrigerador, clima o negocio permanecen apagados.
Así que no, don Walter: las redes sociales no provocan los apagones ni revientan los transformadores. Solamente exhiben un problema que ya existe. Antes de cuestionar dónde se queja la ciudadanía, habría que preguntarse por qué tiene tantos motivos para hacerlo. Ahora resulta que hasta por quedarse sin luz hay que saber dónde protestar.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.
 
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