Educación en México: la factura que nadie quiere pagar

Eduardo Pacheco
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Dr. Fernando Arriaga Martínez

Por años, el discurso oficial ha insistido en que la educación en México vive una transformación profunda bajo el modelo de la llamada “Nueva Escuela Mexicana”. Sin embargo, los datos recientes —los duros, no los propagandísticos— revelan una realidad menos complaciente: el sistema arrastra fallas estructurales desde la primaria que terminan explotando en secundaria y así sucesivamente, mientras las autoridades educativas parecen más interesadas en administrar el relato que en resolver el problema, más en dirigir su responsabilidad desde los medios periodísticos que en sus propias aulas. La propia Secretaría de Educación Pública ha reconocido que aún no existen mediciones concluyentes sobre la efectividad del nuevo modelo educativo, pese a que ya se implementa a escala nacional. Esto, en términos de política pública, es grave: se está reformando el sistema sin evidencia clara de resultados. Es como cambiar el motor de un avión en pleno vuelo sin instrumentos de medición confiables.

El problema no comienza en secundaria, aunque ahí se vuelve inocultable. De acuerdo con evaluaciones diagnósticas recientes, ocho de cada diez estudiantes de secundaria no alcanzan el nivel esperado de aprendizaje en México en sus aulas. Más preocupante aún: en primaria, apenas entre 13% y 19% de los alumnos logran niveles plenamente desarrollados en áreas clave como lenguaje y pensamiento científico.

Esto no es un tropiezo menor: es un fracaso sistémico.

Y aquí es donde aparece la primera gran omisión institucional. Las autoridades de secundaria suelen justificar los bajos resultados señalando deficiencias previas: “los alumnos llegan mal preparados desde primaria”. El argumento no es falso, pero sí

profundamente irresponsable. Porque la primaria también depende de la misma estructura educativa federal. ES EL MISMO SISTEMA EVALUÁNDOSE A SÍ MISMO… y lo que es peor ABSOLVIÉNDOSE.

El caso de Tamaulipas ilustra con claridad esta paradoja. En el ciclo escolar 2025-2026, (según datos del propio Gobierno de Tamaulipas plasmados en su Anuario anual) el estado registra más de 337 mil alumnos en primaria y cerca de 165 mil en secundaria, dentro de un sistema de más de 600 mil estudiantes en educación básica. Es decir, estamos hablando de una masa crítica de población cuya formación académica define el futuro económico regional.

Los resultados de la prueba “Tamaulipas Aprende” muestran avances modestos en 2025: incrementos en matemáticas, lenguaje y ciencias tanto en primaria como en secundaria. Sin embargo, estos avances son insuficientes frente al rezago acumulado. Subir algunos puntos en una escala de 1000 no cambia el hecho de que el sistema sigue lejos de estándares internacionales.

Más aún: el propio diseño de estas evaluaciones evidencia otra falla estructural. Se aplican como línea base para “medir avances futuros”, lo que implica que apenas ahora se está comenzando a medir con seriedad el problema, cuando el deterioro lleva décadas gestándose.

En términos económicos, esto tiene consecuencias directas. Un sistema educativo deficiente genera capital humano de baja productividad. Menor productividad implica menor crecimiento, salarios estancados y mayor desigualdad. No es casual que México siga atrapado en una economía de ingresos medios: su sistema educativo no está formando el talento que exige el siglo XXI.

Las autoridades responsables de la educación media superior y superior se defienden diciendo quen los alumnos que reciben vienen con rezagos de primaria, y así las autoridades de primaria, culpan a los niveles de abajo, hasta llegar en forma por demás ridícula a culpar quizá hasta la gestación de esos niños.

El resultado es que nadie se hace responsable de su trabajo. Los padres de familia inscriben a sus alumnos en secundaria para que se les enseñe lo que corresponde a.ese nivel educativo y no para escuchar o leer, declaraciones periodísticas en donde se disculpan porque “los niños ya venían así de la primaria”. Una disculpa de lo más bajo e ignorante posible, responsabilícense de sus obligaciones primero y después salgan a los medios de comunicación a dar sus declaraciones de absolución.

Basta de echar culpas a los de abajo, comprométanse con su trabajo y saquen adelante a sus alumnos con las herramientas que como Maestros deben de dominar. Es muy fácil subirse a la hamaca y cobrar el sueldo sin responsabilidad alguna.

Si esto fuera así, nos preguntamos ¿y como le hicieron los que ahora ostentan niveles de Licenciatura, Maestría, Especialidades o Doctorados, si desde primaria no saben las reglas básicas, como argumentan? En algún lugar tuvieron que haberlo hecho, ¿por qué la corrección no inicia en secundaria? Solo la irresponsabilidad podría tener alguna respuesta.

El discurso oficial insiste en la cobertura —más alumnos en las aulas— como indicador de éxito. Y sí, la cobertura en educación básica es prácticamente universal. Pero cobertura sin calidad es una ilusión estadística. Tener a los niños en la escuela no garantiza que estén aprendiendo.

Peor aún, el abandono en niveles posteriores sigue siendo alarmante: dos de cada diez jóvenes no acceden a la educación media superior. Esto no es un fenómeno aislado, sino la consecuencia lógica de un sistema que falla desde sus cimientos. Cuando un estudiante no comprende lo básico en primaria, su trayectoria educativa está prácticamente condenada y si ese alumno, al ingresar a secundaria, recibe el desdén o la descalificación, todavía el panorama mostrará sus consecuencias; el desempleo, la delincuencia y la descomposición social. No busquemos culpables en las autoridades superiores como el Secretario de Educación Federal o de los estados, ahí los tenemos en las Subsecretarías, en las Direcciones y en los

Maestros frente a grupo de todos los niveles, esos mismos que desacreditan a los niveles inferiores,

La narrativa gubernamental ha optado por politizar el debate educativo —centrándose en contenidos ideológicos o en la disputa por los libros de texto— mientras los indicadores duros siguen deteriorándose. El resultado es un sistema atrapado entre la retórica y la inercia.

En Tamaulipas, como en buena parte del país, el reto no es menor. La entidad ha mostrado voluntad de medir y mejorar, pero sigue atada a un diseño federal que limita la capacidad de respuesta local. Las cifras lo confirman: cientos de miles de estudiantes avanzan de grado sin dominar habilidades fundamentales.

La pregunta de fondo es incómoda pero inevitable: ¿quién asume la responsabilidad?

Hoy, las autoridades de secundaria culpan a la primaria, y la primaria a factores sociales. Todos tienen parte de razón, pero nadie asume el todo. Y mientras tanto, generaciones completas avanzan en un sistema que les promete educación, pero les entrega rezago.

México no enfrenta una crisis educativa futura. La está viviendo ahora. Y cada ciclo escolar que pasa sin corregir el rumbo no es solo una estadística más: es una oportunidad perdida para el país.

P.D. 1.- Hemos entendido muy mal el quehacer laboral en nuestro México, ya a todos le llamamos política y hasta los mandos menores, no digamos los intermedios, dan sus declaraciones políticas, cuando la obligación es trabajar. En fin.

P.D. 2.- Pésimas nuestras calles, ojalá que el dinero erogado en el llamado San Marcazo, se hubiera podido invertir en algunas de ellas.

Gracias.

farriaga349@gmail.com

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