El lado oscuro del poder

Eduardo Pacheco
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CONFIDENCIAL
Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.
 
El lado oscuro del poder

La política no es lo que parece. Desde fuera se ve luminosa, casi aspiracional. Promete poder, prestigio, influencia… y, para muchos, la posibilidad de amasar una fortuna en tiempo récord. Es, para decirlo sin rodeos, una tentación difícil de resistir.
Por eso tantos la buscan. Cada elección se convierte en una fila interminable de aspirantes que quieren ser alcaldes, diputados, senadores o gobernadores. No todos llegan, pero casi todos creen que ahí está la oportunidad de cambiar su destino.
Y en principio, no hay nada reprochable en ello. Aspirar a un cargo público es legítimo cuando la intención es servir, cuando existe vocación y cuando se entiende la política como un instrumento para mejorar la vida de los demás.
El problema es que esa no suele ser la regla. Es, más bien, la excepción.
En la práctica, la política ha terminado por convertirse en un vehículo de ascenso económico y de acumulación de poder. Uno alimenta al otro. El poder político abre la puerta al dinero, y el dinero consolida el poder político. Es un círculo que seduce… y que corrompe.
Ahí es donde todo se tuerce.
Porque cuando el objetivo deja de ser el bien común, el cargo público se convierte en una herramienta de beneficio personal. Y lo que debía ser servicio se transforma en negocio. Un negocio lucrativo, sí, pero también profundamente peligroso.
La historia está llena de ejemplos. Casos que comenzaron con discursos de cambio y terminaron en expedientes judiciales.
Ahí están Tomás Yarrington y Javier Duarte de Ochoa, dos nombres que simbolizan esa caída abrupta del poder a la desgracia. Gobernaron, acumularon influencia… y terminaron enfrentando la justicia.
Durante mucho tiempo, esos casos se vieron como historias aisladas. Como excesos individuales que no necesariamente representaban una regla.
Pero no fue así.
Hoy, el tema vuelve con fuerza a partir de las acusaciones contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros funcionarios señalados por presuntos vínculos con el crimen organizado.
Más allá de lo que determinen los tribunales, el simple hecho de que un gobernador esté bajo ese tipo de señalamientos debería encender todas las alarmas.
Porque vuelve a colocar en el centro una pregunta que incomoda, pero que no desaparece.
¿Vale la pena?
¿Vale la pena buscar el poder a cualquier costo?
¿Vale la pena construir riqueza si el precio es vivir bajo sospecha permanente, bajo presión, bajo el riesgo de que todo se venga abajo en cualquier momento?
La comparación puede incomodar, pero resulta inevitable.
El capo del crimen organizado construye poder, acumula dinero, domina territorios. Durante años puede sentirse intocable. Pero vive huyendo, desconfiando, mirando siempre por encima del hombro.
El político que cruza la línea no está tan lejos de esa realidad.
Cambian las formas, no el fondo.
Uno se mueve entre armas y violencia. El otro entre oficinas, discursos y decisiones públicas.
Pero ambos, cuando se corrompen, terminan perdiendo lo mismo.
La tranquilidad.
La certeza.
La libertad.
Por eso la pregunta sigue ahí, incómoda, persistente.
¿Vale la pena?
Porque si la respuesta es servir, construir, aportar, la política sigue siendo una vía legítima, incluso necesaria.
Pero si la respuesta es enriquecerse, asegurar privilegios o jugar con los límites de la ley, entonces el destino suele estar escrito desde el inicio.
Podrá tardar, podrá disfrazarse, podrá postergarse.
Pero llega.
Llega en forma de escándalo, de investigación, de proceso judicial.
Y cuando llega, arrasa.
No solo cae el político. Caen sus cercanos, su entorno, su nombre.
Por eso, quienes hoy buscan un cargo público harían bien en detenerse un momento.
En preguntarse, con honestidad brutal, qué es lo que realmente buscan.
Porque el poder puede darlo todo.
Pero también puede quitarlo todo.
¿O no cree usted?
ASÍ ANDAN LAS COSAS.
roger_rogelio@hotmail.com
 
 
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