“El seminarista de la mirada perdida.”

Eduardo Pacheco
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Columna Rosa, sólo para Mujeres.

“El seminarista de la mirada perdida.”

Por: Bárbara Lera Castellanos.

Caminaba junto a la plaza cuando la vi a lo lejos: una iglesia que, solo de mirarla, ofrecía paz.

Cada piedra parecía susurrar su historia al viento, acumulando años como quien guarda paciencia en los bolsillos.

Un escalofrío me atravesó al acercarme.

Allí, entre la penumbra del pórtico, estaba él: alto y delgado, con ojos hondos y una mirada que parecía buscar su propio nombre.

Caminé despacio, como si el aire temiera romper algo que aún no comprendía.

Me detuve frente a él y en un gesto leve sonrió, una sonrisa que quedó grabada en mí cabeza, y con un tono tranquilo preguntó: ¿buscas algo?
Guardé silencio; el tiempo se paro por unos segundos.

Respondí apenas: solo voy de paso…

“Entra”, dijo entonces, “las puertas de la iglesia siempre están abiertas, y por alguna razón te cruzaste en mi camino.”

Asentí con la cabeza y crucé el umbral sin pensarlo mucho.

Dentro, la luz filtrada caía en láminas doradas.

Allí, una imagen: una Virgen de mirada misericordiosa, los ojos de madre que todo lo sostienen.

Me arrodillé como quien vuelve a un lugar conocido…

Recité la oración de la infancia; las palabras volvieron, estrofa por estrofa, como si alguien las hubiera guardado en silencio para entregarlas cuando hiciera falta.

No pedí nada.
Solo me quedé contemplando el misterio sencillo del lugar, dando gracias por las bendiciones que no siempre sabemos nombrar.

Salí después con los pasos más ligeros.

A unas cuadras levanté la vista, esperanzada en encontrar de nuevo al hombre de la mirada perdida.

Pero ya no estaba.
El banco donde se apoyaba estaba vacío; la sombra que dejó se había ido con la tarde.
¿Fue un fantasma? ¿Un capricho del ánimo? ¿O tal vez un encuentro que no pide explicaciones?

Me quedo con la duda, y con otra certeza: a veces las personas aparecen solo para recordarnos que hay puertas que permanecen abiertas y ojos que nos devuelven la calma cuando no la tenemos.

Y esa noche, al regresar a mi casa, supe algo simple y profundo: no todo misterio exige respuesta.

Hay encuentros que cumplen su tarea en silencio —ensanchar un poco la fe, o el asombro—, y nos dejan más humanos, más enteros, con la certeza de que la bondad puede presentarse en una sonrisa y una invitación a entrar.

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