La soledad del poder mal aprendido

Eduardo Pacheco
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CONFIDENCIAL
Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.
La soledad del poder mal aprendido
La fractura en la bancada del PAN en el Congreso de Tamaulipas ya no es un rumor. Es un hecho visible, cotidiano, inocultable. No estalló de un día para otro. Se fue gestando en silencios, ausencias y actitudes que terminaron por marcar distancia.
Hoy tiene nombre y apellido. Y también tiene origen.
El protagonista es Ismael García Cabeza de Vaca, quien llegó al Congreso cargando más pasado que futuro.
No es cualquier pasado. Es el de haber ejercido, sin nombramiento formal, un poder que muchos describieron como paralelo.
Durante el sexenio de su hermano, Francisco García Cabeza de Vaca, Ismael no fue un actor secundario.
Fue, para efectos prácticos, un vicegobernador.
Funcionarios, alcaldes, operadores políticos. Todos sabían que había una puerta alterna al poder. Y esa puerta era él.
Ese tipo de ejercicio deja huella. Y sobre todo, deja costumbre.
La costumbre de ser atendido sin cuestionamientos. De ser escuchado sin réplica. De ser obedecido sin discusión.
Pero el poder, cuando se acaba, no siempre se lleva consigo esas inercias.
Y ahí comienza el problema.
Porque el Congreso no es Palacio de Gobierno. Ni los diputados son subordinados.
En la Legislatura 66, Ismael es uno más. Pero actúa como si siguiera siendo el de antes.
Desde su llegada, su conducta ha sido constante. Distante, ajena, aislada.
No construye acuerdos. No acompaña iniciativas. No hace equipo.
Se sienta solo. Permanece solo. Y legisla, si acaso, en solitario.
Al principio, pudo interpretarse como prudencia o adaptación.
Hoy ya no hay duda. Es desconexión.
El episodio más reciente terminó por exhibirlo con claridad.
Seis diputados de su propia bancada subieron a tribuna para respaldar a productores y transportistas en protesta.
Era un tema sensible. Político. Estratégico.
Y, sin embargo, Ismael no estuvo.
Se salió de la sesión. Se desmarcó. Se borró.
Después vino la explicación. Que no sabía. Que no estaba enterado.
Una versión que difícilmente resiste el análisis.
Porque en política, lo que no se construye, también se decide.
Y ausentarse, en ese contexto, es una forma de posicionarse.
El coordinador panista, Gerardo Peña Flores, salió a contener el daño.
Negó fracturas. Habló de dinámica interna. De tiempos legislativos.
Pero la realidad camina por otro lado.
La bancada está dividida. No en votos, quizá. Pero sí en cohesión.
Y esa diferencia, en política, pesa más de lo que parece.
El problema no es solo de formas. Es de fondo.
Porque cuando alguien llega a un espacio colegiado sin entender que el poder se comparte, termina aislándose.
Y el aislamiento, tarde o temprano, se convierte en irrelevancia.
Ismael no ha entendido —o no ha querido entender— que su tiempo de jerarca terminó.
Que el Congreso exige diálogo, no imposición.
Que el liderazgo no se hereda. Se construye.
La nostalgia del poder es traicionera.
Hace creer que todo sigue igual, cuando en realidad todo cambió.
Y en ese engaño, se toman decisiones equivocadas.
Hoy, la bancada del PAN enfrenta algo más que una diferencia interna.
Enfrenta las consecuencias de un estilo que ya no tiene cabida.
Un estilo formado en la comodidad del mando absoluto.
Pero incapaz de sobrevivir en la lógica democrática.
La fractura, pues, no es un accidente.
Es el resultado inevitable de alguien que nunca dejó de sentirse por encima de los demás.
Aunque, en los hechos, ya no lo esté.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.
roger_rogelio@hotmail.com
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