CRÓNICAS DEL DESCARO. Los “muertos” que cobran.
Por José Gregorio Aguilar
Mientras miles de familias colocan altares para recordar a quienes ya partieron, en Tamaulipas también convive otra especie de difuntos.
No descansan en panteones.
Habitan oficinas climatizadas.
Firmas aquí, sellos allá, reuniones de diagnóstico, estrategias de seguimiento y boletines de prensa con fotografías cuidadosamente acomodadas.
Son los muertos administrativos.
Dependencias enteras que, aunque siguen respirando presupuesto, muestran escasos signos vitales en resultados.
La Secretaría de Salud, por ejemplo, produce comunicados con la puntualidad de un reloj suizo. Sin embargo, basta escuchar a trabajadores, sindicatos y usuarios para descubrir que los fantasmas siguen recorriendo hospitales donde la falta de medicamentos, insumos y personal continúa apareciendo periódicamente en las denuncias públicas.
Sería injusto negar que existe trabajo.
Lo que resulta cada vez más difícil es encontrar los resultados.
La corrupción heredada de gobiernos anteriores sigue siendo una explicación recurrente. El problema es que después de varios años, los ciudadanos ya no distinguen entre la corrupción heredada y la administrada.
En Educación el panorama tampoco parece precisamente una celebración de vida.
Evaluaciones nacionales e internacionales han exhibido rezagos importantes en el aprendizaje, mientras en muchas escuelas persisten carencias básicas que contrastan con los discursos triunfalistas.
A ello se suman las viejas historias que nunca mueren: acusaciones sobre asignación discrecional de plazas, estructuras sindicales alejadas de las aulas y dirigencias más preocupadas por perpetuarse que por transformarse.
Parecen problemas de siempre administrados por funcionarios nuevos.
Y qué decir de Medio Ambiente.
Más allá de algunas campañas de reciclaje o recolección de aparatos electrónicos, cuesta trabajo identificar una estrategia visible y contundente frente al deterioro de ecosistemas, la contaminación urbana o la protección efectiva de recursos naturales.
A veces pareciera que la sustentabilidad se redujo a tomarse la foto correcta con la bolsa correcta de residuos.
Pero si las dependencias agonizan, sus áreas de comunicación social ya están viendo la luz al final del túnel.
Publican mucho (algunas, porque otras, ni eso)
Informan poco.
Confunden difusión con transparencia y propaganda con rendición de cuentas.
Mientras más boletines generan, más invisible se vuelve la realidad.
Y luego está el Congreso.
Ese museo de cera donde abundan legisladores de Morena capaces de pronunciar discursos completos sin decir absolutamente nada; claro, siempre y cuando esos discursos sean réplica de lo que dice la presidenta Claudia.
Diputados que levantan la mano con disciplina ejemplar aunque no necesariamente entiendan lo que están votando.
Representantes populares cuya mayor habilidad consiste en repetir consignas nacionales como si fueran pericos institucionales.
La discusión parlamentaria fue sustituida por el eco.
Pensar se volvió optativo.
Obedecer y quedar bien, obligatorio.
Tamaulipas ha visto desfilar legislaturas completas que prometieron independencia y terminaron convertidas en oficialías de partes del poder en turno.
Y por si faltara algo, el chapulineo político sigue siendo una de las disciplinas más practicadas del estado.
Aquí los partidos ya no son ideologías.
Son estaciones de autobús.
Los políticos suben, bajan y vuelven a subir según la ruta que más convenga a sus intereses.
Cambian de color, de playera y de discurso con una facilidad que haría sonrojar a cualquier camaleón.
Este Día de Muertos vale la pena preguntarse cuántas instituciones siguen vivas por convicción y cuántas sobreviven únicamente porque cada quincena llega puntual el presupuesto.
Porque los verdaderos difuntos no siempre están bajo tierra.
Algunos siguen en nómina.
Y esos son los que más nos cuestan
