LOS PECES NO MIENTEN.
Más de dos toneladas de muerte flotando… y el Gobierno insiste en negar el petróleo.
Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
Los gobiernos no suelen caer por sus errores.
Caen cuando insultan la inteligencia de la gente.
Y pocas cosas resultan más insultantes que mirar toneladas de peces muertos flotando sobre el agua… mientras la autoridad te pide que creas que no pasa nada.
Más de dos toneladas.
No es una exageración periodística.
No es un rumor de pescadores.
No es una percepción ciudadana.
Es una realidad putrefacta que apareció en el estero El Camalote, en Mata de la Monteada, en Altamira, en los límites con Pánuco, Veracruz, y en buena parte del sistema lagunario que conecta la vida económica y ambiental del sur de Tamaulipas.
Carpas.
Plateados.
Tilapias.
Peces de agua dulce.
Miles de cuerpos flotando.
Olor fétido.
Riesgo sanitario.
Pérdida económica.
Desesperación social.
Y frente a todo eso, el Gobierno ofrece una explicación que parece escrita por un burócrata especializado en negar incendios mientras todavía sale humo del edificio:
“No hubo hidrocarburos.”
Dicen que fue una compuerta.
Que se abrió.
Que entró agua salada.
Que hubo un cambio brusco de salinidad.
Que los peces murieron por estrés osmótico.
En resumen: según el gobierno, los peces no murieron por contaminación…
murieron por un mal día.
LA VERSIÓN OFICIAL: UNA COMPUERTA MATÓ DOS TONELADAS.
La Comisión Nacional del Agua (Conagua) sostiene que la mortandad fue provocada por la apertura de una compuerta en el sistema lagunario, lo que permitió la mezcla de agua dulce con agua salobre y provocó el colapso biológico del ecosistema.
Se tomaron muestras.
Se retiraron peces.
Se emitieron comunicados.
Y, convenientemente, se descartó la presencia de hidrocarburos.
Todo demasiado rápido.
Demasiado limpio.
Demasiado administrado.
Porque si la causa fue una compuerta, entonces la siguiente pregunta no es ambiental.
Es penal.
¿Quién la abrió?
¿Quién debía supervisarla?
¿Quién permitió que la infraestructura hidráulica llegara a ese nivel de abandono?
¿Quién responde por la pérdida económica de los pescadores?
¿Quién firma la negligencia?
Porque una compuerta no se abre sola.
La impunidad sí.
EL GOLFO TODAVÍA HUELE A PETRÓLEO.
Aquí comienza la parte que el Gobierno quisiera borrar.
Hace apenas unos días, el propio Gobierno Federal terminó aceptando lo que durante semanas negó: sí hubo derrame de hidrocarburos en el Golfo de México.
Sí fue en instalaciones de Pemex.
Sí hubo ocultamiento.
Sí hubo mentira oficial.
La fuga fue localizada en un ducto de 36 pulgadas en la zona de Abkatún-Cantarell.
La pérdida de integridad mecánica existía desde febrero.
Durante semanas se negó.
Después se culpó a terceros.
Luego se habló de “emanaciones naturales”.
Y finalmente tuvieron que admitir lo inevitable.
Tres funcionarios fueron removidos.
No por imaginación.
Por encubrimiento.
Por incompetencia.
Por el viejo reflejo burocrático de negar primero y aceptar cuando ya no hay salida.
Entonces surge una pregunta brutal:
si mintieron con el derrame petrolero del Golfo…
¿por qué deberíamos creerles ahora?
LOS PECES SON PERITAJES FLOTANTES.
Los pescadores no necesitan ruedas de prensa.
Ellos leen el agua.
Ellos conocen el olor.
Ellos distinguen la muerte natural de la muerte industrial.
Y todos repiten la misma frase:
“Nunca habíamos visto algo así.”
Nunca.
No con esta velocidad.
No con esta concentración.
No con este hedor.
No con esta devastación.
Y cuando quienes viven del agua dicen eso, el gobierno debería escuchar antes de redactar excusas.
Porque la naturaleza no colapsa por decreto.
Colapsa por abandono.
Por negligencia.
Por corrupción.
Por infraestructura destruida.
Por diques sin mantenimiento.
Por compuertas olvidadas.
Por decisiones tomadas desde oficinas con aire acondicionado y consecuencias pagadas por comunidades enteras.
LA ECONOMÍA TAMBIÉN FLOTA MUERTA.
Aquí no sólo murieron peces.
Murió ingreso familiar.
Murió sustento.
Murió confianza.
Cada pescador afectado no perdió fauna.
Perdió mercado.
Perdió ventas.
Perdió credibilidad frente al consumidor.
Perdió semanas —o meses— de ingreso.
Y cuando la autoridad recomienda no consumir peces de la zona, el golpe no termina en el agua.
Llega a la mesa.
A la cocina.
A la deuda.
Al hambre.
Pero eso rara vez aparece en los comunicados oficiales.
Porque las conferencias no huelen a podredumbre.
Las orillas sí.
EL ESTADO NO PUEDE INVESTIGARSE A SÍ MISMO.
Ese es el corazón del problema.
Pemex niega.
Conagua explica.
Profepa observa.
Semarnat administra.
Todos dentro del mismo ecosistema burocrático.
Todos investigándose entre sí.
Todos protegiéndose entre sí.
Todos esperando que el escándalo se desgaste más rápido que la indignación.
Pero el agua tiene memoria.
Y los peces muertos también.
Porque cada pez flotando es una declaración ministerial que nadie quiere firmar.
Son evidencia biológica.
Son testigos silenciosos.
Son la autopsia pública de un sistema que se pudrió antes que ellos.
Cuando el gobierno niega petróleo frente a un mar manchado y niega contaminación frente a toneladas de peces muertos, ya no administra una crisis ambiental.
Administra una coartada.
Y cuando el poder necesita mentirle incluso a los peces, el problema ya no está en el agua.
El problema nada en Palacio.
