
Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.
Ni se ven ni se oyen
Hoy se cumplen seis días del arranque de campañas para la elección judicial en Tamaulipas, y si nadie se ha dado cuenta… no es casualidad. Los candidatos no se ven, no se oyen y mucho menos se sienten.
Las campañas, si es que existen, se han desarrollado en un estado de invisibilidad absoluta. No hay espectaculares, no hay brigadas, no hay encuentros ciudadanos. Apenas algunas publicaciones aisladas en redes sociales.
Hay razones legales para esa discreción. La legislación electoral impone límites estrictos a la promoción, pero también hay causas prácticas: la mayoría de los aspirantes no tiene experiencia proselitista ni recursos para costear una campaña digna.
Sin embargo, eso no justifica del todo el mutismo. Quien aspira a un cargo de elección popular, sea judicial o legislativo, tiene la responsabilidad de buscar el voto, de informar al ciudadano y de posicionarse como una opción real.
Lo contrario es apostar por el azar del bajo perfil, por el “a ver qué pasa” el día de la elección. Es una estrategia que no solo refleja debilidad, sino que condena al proceso al desinterés generalizado.
Y eso, inevitablemente, alimenta al viejo fantasma del abstencionismo. En Tamaulipas ya se anticipa una baja participación, y esta inercia solo agravará el escenario. El uno de junio podría convertirse en un domingo sin ciudadanos.
Pero más allá del desinterés, lo verdaderamente preocupante es el fondo. Ya lo hemos dicho en varias ocasiones: esta elección judicial es, en esencia, un experimento que no resolverá nada. Se promueve como una vía para democratizar la justicia, pero no modifica de raíz las estructuras ni los vicios del Poder Judicial.
Elegir jueces y magistrados por voto popular no garantiza independencia, ni imparcialidad, ni mejor servicio. Si acaso, abre la puerta a una politización aún más burda, disfrazada de participación ciudadana. Y mientras tanto, los problemas de fondo —corrupción, lentitud, privilegios— seguirán intactos.
La poca visibilidad de los candidatos también erosiona la legitimidad del ejercicio. ¿Cómo confiar en un nuevo modelo de justicia si los electores ni siquiera conocen a quienes lo encabezarían?
La elección judicial, que se presentó como una apuesta por democratizar al Poder Judicial, corre el riesgo de convertirse en una farsa por omisión. Una consulta sin eco, sin emoción y sin conexión con la ciudadanía.
Si el proceso sigue por esta ruta de apatía, las consecuencias no solo serán inmediatas en las urnas, sino también profundas en la confianza pública hacia las instituciones. Porque la democracia también se defiende participando. Y hoy, lamentablemente, parece que nadie quiere hacerlo.
EL RESTO.
EL CANDIDATO.-Por cierto, el expresidente del Poder Judicial de Tamaulipas, David Cerda Zúñiga, figura como candidato para magistrado en materias administrativa y civil del Décimo Noveno Circuito del Poder Judicial Federal. Y no es para menos: su trayectoria y capacidad lo colocan como una carta fuerte en el ámbito judicial.
Al frente de la judicatura local, Cerda Zúñiga no solo logró modernizar y eficientar el sistema de impartición de justicia. Su gestión se notó, y sobre todo, se sintió en la vida institucional.
En un momento políticamente complejo, tras la transición de un gobierno panista a uno morenista, mantuvo a flote al Poder Judicial sin sobresaltos ni crisis. Supo dar estabilidad cuando más se necesitaba, y lo hizo con oficio y discreción.
Por ello, si llega al cargo, el Poder Judicial Federal no solo gana un buen magistrado, sino también a alguien que entiende el equilibrio entre firmeza y sensatez. Es, sin duda, uno de esos perfiles que suman más de lo que prometen.
ASI ANDAN LAS COSAS.
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