EN PERSPECTIVA
PT: “A MAL PRINCIPIO NO HAY BUEN FIN” (SHAKESPEARE)
Por: Omar Orlando Guajardo López
La reforma electoral no pasó completa y no pasó completa por el Partido del Trabajo. La iniciativa de la presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que modificarse porque el PT decidió no acompañar una parte central: la modificación al artículo 35 constitucional en materia de revocación de mandato, que buscaba empatar este ejercicio con la elección intermedia de 2027 para reducir costos y aprovechar la participación electoral. Podrán decir que votaron a favor en lo general, pero en el momento clave votaron para quitar esa parte de la reforma. Eso tiene un nombre: traición política.
La traición también tiene nombres y estructura. Desde el dirigente nacional Alberto Anaya, pasando por Benjamín Robles y Reginaldo Sandoval en el Congreso, hasta las dirigencias estatales como la de Arsenio Ramírez en Tamaulipas, el Partido del Trabajo repite el mismo guion: en el discurso dicen respaldar el proyecto, pero en los hechos actúan pensando en su propio beneficio. No es un error ni una diferencia ideológica, es una forma de hacer política. Desde la dirigencia nacional hasta el último operador que hoy afilia gente prometiendo posiciones, todos forman parte de la misma cadena. El discurso dice lealtad; los hechos muestran cálculo. Por eso la máscara de partido de izquierda les queda grande.
Pero esto no empezó ahora. El Partido del Trabajo nació como un partido bisagra, un partido que no compite por el poder por sí mismo, sino que intercambia apoyo por posiciones. Esa ha sido su historia: posiciones, presupuestos, alianzas. Su origen explica lo que estamos viendo hoy.
Y también explica por qué frenaron justamente ese punto. La revocación de mandato empatada con la elección intermedia de 2027 significaba una elección grande, con alta participación y con la figura presidencial en el centro de la discusión política. En un escenario así, los partidos pequeños dependen de la fuerza del partido grande. Sin esa coyuntura, los partidos pequeños pueden intentar crecer solos, medir su fuerza y encarecer su apoyo. No fue una decisión ideológica, fue una decisión política.
Y las consecuencias empiezan a aparecer. Mientras la dirigencia se mueve en las reformas y las candidaturas, abajo aparecen los escándalos y las investigaciones: el caso del exgobernador Jaime Bonilla, vinculado a proceso; el caso del presidente municipal del PT en Amacuzac, Morelos, Noé Reynoso Nava, denunciado por el manejo de recursos públicos por su propio cabildo. Arriba se reparten posiciones; abajo aparecen los costos.
La historia política mexicana ya ha visto este camino. Partidos que viven de las alianzas, de las posiciones y de los acuerdos, pero que nunca construyen una identidad real frente a la sociedad. Cuando dejan de ser útiles, desaparecen. Le pasó al PRD, le pasó a Convergencia, le pasó al Partido Encuentro Social, le pasó a Nueva Alianza. La historia es clara: los partidos que viven sólo de eso, terminan desapareciendo cuando dejan de ser necesarios.
“A mal principio no hay buen fin”. SHAKESPEARE no habla del final de algo, habla del origen. Y el PT, desde su origen, no ha sido un partido de causas, sino de conveniencias; no ha sido un partido de lucha social, sino de cálculo político; no ha sido un partido que defienda proyectos, sino un partido que intercambia apoyo por espacios. Y quien intercambia todo, termina intercambiando incluso aquello que dice defender.
Por eso el problema no es sólo la votación de una reforma. El problema es la simulación: decir que se apoya mientras se actúa en sentido contrario; decir que se es aliado mientras se comporta como adversario. Esa contradicción siempre se paga.
Hoy el Partido del Trabajo habla de escuela de cuadros, de línea de masas y de formación política. Pero lo que realmente construye son estructuras de afiliación, operadores políticos y votos que después se convierten en ficha de cambio. No están formando cuadros para gobernar, están formando estructura para presionar. Esa es la gran hipocresía del PT.
Y ese será también el peso que cargarán quienes hoy están afiliando gente, prometiendo posiciones y construyendo estructuras sobre algo que en realidad no es un proyecto político. Porque a quienes primero se engaña en esta historia es a la gente que se afilia con la esperanza de un apoyo, de una gestión, de un servicio, de una oportunidad. Son ellos quienes ponen el trabajo territorial, quienes llenan las listas, quienes caminan las colonias, creyendo que construyen un proyecto, cuando en realidad están construyendo una estructura que después se usa para negociar.
Porque cuando todo esto pase, lo único que va a quedar es la historia personal de cada quien. Y nadie quiere cargar con la deshonra de haber engañado a otros para sumarlos a algo que en el fondo sabía que era mentira, “A mal principio no hay buen fin”.
